Sesión 8 1968
#Nahual juego de #rolmexa
Sesión 8 - Filosos Pedernales
Yohualli encendió su fogata para abrir las puertas de la percepción y saber a dónde dirigirse junto con el Chino para alcanzar a su manada y completar la nueva misión asumida. Tuvo la visión de un mural que intentó compartir de la mejor manera con el Águila que, al ser más citadino y joven, identificó como de uno de los grandes centros universitarios del Distrito Federal.
A ese lugar había sido también llevado Tahoma por el ánima del daemon que por su antebrazo izquierdo le había poseído. Claudio y Naty le siguieron furtivamente por la ciudad, canalizando el poder que sus nahuales les dan.
El Kikin, sorprendido y confundido aún a su corta edad y por todo lo que se abría a sus ojos, con la resaca de su adicción en pleno y su pereza activándose, decidió no seguirles e irse a su casa para averiguar si su madre había regresado, si la luz no había sido cortada, o si algún incidente no había ocurrido. Cuando llegó a su otrora hogar le recibió la humedad y el polvo de una casa abandonada por meses. Lo único vivo era la colonia de hongos, esporas y bacterias que proliferaban con la comida olvidada. Triste, y sin rumbo claro, le rezó a la imagen del Santo que su desaparecida madre le dejó para su protección; alzó una plegaria también: "Ángel de la guarda, no me desampares ni de noche ni de día" y, entonces ocurrió; las puertas de la percepción fueron abiertas y vio a su ángel de la guarda caer, muerto en medio de luces de colores y música a go go, atravesado por espadas y rematado por balas. Una visión tan difícil que se refugió en cuanta pastilla y polvo se le atravesó de mano del grupo musical, "Matanga, dijo el tlacuache"; perdió la noción del tiempo y el espacio durante un lapso inconmensurable, dejó de sentir dolor hasta que el Chino le regresó para pedir que en su Tambache se guardaran los restos de todos los Ángeles que esa noche en el antro habían sido eliminados. La imagen era clara de los miembros, alas y armaduras llenas de celestial sangre llenando su pesado tambache. Ahora sabía de dónde venía ese dolor, ese vacío... Se sabía ya desangelado.
Mientras, en Ciudad Universitaria la manada buscaba el Inge Heberto Castillo; no sabían nada de él, excepto que alguien con pinta de militar, pero trajeado le había dado $200 pesos al Chino por buscarlo para ayudarles en el escape de alguien; mientras que a Nat, Tahoma y el resto que peleó en "La Disco" Tepectli alguien de entradas prominentes, trajeado y malencarado, con percha militar, les ofreció $2,000 pesos por ayudar a Conchita a liberar a Genaro; Claudio y Yohualli habían escuchado también ese nombre en la cabaña de la joven bruja, después de perderse en el humo del espejo de obsidiana, al escucharlo directamente de la voz del ente con máscara de jade y franja negra en los ojos.
Sin cuidado ni pertinencia, en medio del espíritu revolucionario estudiantil que se vivía en la explanada, entre cantos de Mercedes Sosa, lectura de Lenin, Marx o Trotsky, y escuchando las noticias de la matanza de My Lai, en la que los soldados estadounidenses mataron a 504 civiles, entre ellos niños, mujeres y ancianos, en la guerra de Vietnam, el Chino y Yohualli se acercaron a un grupo de maestros y estudiantes entre los que se repetían constantemente los apellidos Barros, Cárdenas, Castillo, Solis, y Vázquez. En cuanto el Ingeniero Castillo se separó del grupo junto con Conchita, pudieron identificar que era la misma pareja que habían visto en el antro y que, al acercarse abruptamente, fueron protegidos por lo que parecían escoltas civiles e insurgentes.
Sin cuidado, diplomacia ni pudiendo calar, llegaron a decir que ayudarían con lo de Genaro. Ambos universitarios se alarmaron y con miradas paranoicas comenzaron a voltear alrededor para evaluar la situación y preguntarse quién había mandado a estos porros u orejas; no podían permitirse arriesgar todo lo trabajado. Ante la insistencia del Águila y su intento por imponer su realeza marcial, Conchita sacó su pistola y la puso contra la espalda de Yohualli, buscando una vía de escape; varios infiltrados y encubiertos salieron de sus puestos, dejando las cámaras y cargando sus armas.
Tahoma, que lo veía todo desde lo alto de la torre de rectoría, a dónde había trepado, activó su velo demoníaco y canalizó su presencia para acobardar a todos los seres vulnerables a sí, lo que hizo que Conchita, aterrada, jalara el gatillo infringiendo una herida mortal con la bala que atravesó de lado a lado el abdomen de la bruja-jaguar.
El murciélago y la serpiente llegaron justo en el momento que todo empezaba a escalar vertiginosamente, y aprovecharon su invisibilidad ante ojos mundanos para salvar a su compañera de un segundo disparo y morderla para disminuir la gravedad de su herida. El demonio bajó a su lado y el Chino reaccionó automáticamente para sacarlos a todos de ahí, cargando sobre sí todo el estrés y las aflicciones que le llevaron a perder el control de sí, su destino y vuelo.
Sintieron la oscuridad abrasarles. El viento cortaba como finas obleas de obsidiana. Lo gélido del ambiente anestesiaba el dolor de las heridas que se les iban generando hasta hacerles mella. Ruidos apabullantes, velocidad abrumadora y luego... La nada.
Frente a ellos, una mujer náhuatl hermosa a la entrada de una cueva en la cima de una montaña con pendientes muy pronunciadas y filosas. El viento parecía que podía llevárselo todo, y así era: todas sus pertenencias materiales habían sido despojadas y se encontraban frente a esta poderosa aparición en la desnuda naturaleza de su nahualidad. Si trataban de moverse del sitio encomendado, sus extremidades, su piel, huesos y coyunturas se doblaban cual bandera al inclemente viento.
Ella sufría porque estaba a punto de dejar a Ehecatl un año más. Un largo año más hasta que los vientos del norte pudieran volver a reunirles. Les habló del amor de las parejas que se separan, de las traiciones y los peligros de los hombres que se creen poderosos cuando se sienten amenazados. Les habló del camino que han elegido y de la balanza que se inclina. De su grandeza en la nueva era, de su insignificancia en la época actual. Para poder allanar el camino, tendrían que llegar al corazón de Consuelo Solís, y eso sólo podrían hacerlo cuando entiendan qué tienen en común todos los nombres que les han sido entregados por los representantes de la transmutación. No antes, no de alguna otra manera.
Se despidió de ellos con una lágrima recorriendo su mejilla, y la manada sintió como sus extremidades, su piel, sus huesos y coyunturas se doblaban cual bandera al inclemente viento, alejándoles de ahí, llevándoles a... Una próxima sesión.
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(La portada del capítulo Filosos Pedernales es una adaptación copy/paste de dibujos hechos por Mario Daniel Garza Ledesma, ilustrador del web comic Nahualo - @moutsiderart en IG tomados con fines recreativos, lúdicos y de homenaje)








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